foto_luis_g_paez_homeopatia-370x370Al occidente de Chiquinquirá se encuentra la tranquila y simpática po­blación de Buenavista, en donde el día 11 de octubre de 1840 alegró con su llegada al hogar de don Juan Manuel Páez y doña Sebastiana Gualteros de Páez, un niño a quien en las aguas bautismales dieron el nombre de Luis Gregorio.

El pintoresco valle de Simijaca vio las inquietudes del pequeño Luis, quien, lazo en mano, capitaneaba la pandilla corriendo tras los becerros para enchiquerarlos y deleitarse al día siguiente con la postrera de su vaca negra.

A veces, agitando la honda, espantaba los pájaros pero nunca destruyó sus nidos, pues el amor y la piedad se manifestaron en él des­de su infancia y así fue aprendiendo a querer y a respetar a los humil­des y a los mansos de corazón y en su compañía, a inquirir y buscar los secretos de la naturaleza.

Esas bellas piedras brillantes desprendidas de las rocas que parecían diamantes con las que solía jugar, más tarde le trajeron el conocimiento del sílice o silícea con el que logró tantas Curaciones mediante su transformación homeopática.

Escuelas y colegios de aquellas comarcas tuvieron en sus aulas al adolescente y, por los años de 1856 al 60 se vio al joven Páez por los claustros del Rosario y en la Universidad Pontificia, bajo la dirección de los doctores Domingo Becerra, Núñez, Contó, los Rivas, Salazar y Morales, Pascual Sánchez y otros.

Las contiendas civiles interrumpieron su carrera y en 1865 fue a los antiguos claustros de San Bartolomé a recibir lecciones de los doctores Francisco Javier Zaldúa, Antonio Var­gas Vega, Marcelino Gutiérrez y de otras eminencias, pero, estaba es­crito, que alguna circunstancia especial habría de conducirlo al estudio de la ciencia de Hahnemann, y aquella fue una fiebre perniciosa que en 1866 lo tuvo al borde del sepulcro, pero a la cabecera de su lecho estu­vo con toda asiduidad el doctor Peregrino San Miguel quién mediante un acertado tratamiento homeopático le salvó la vida v lo atrajo hacia los otros grandes maestros dela Terapéutica Homeopática, los doctores Salvador María Alvarez, Calvo Mendivil, Gabriel de Ujueta y Pedro Vera, todos médicos cirujanos dela Universidad Nacional convertidos al sis­tema Hahnemanniano.

Ya repuesto, en el mismo año, asistió a los cursos de Clínica y Ciru­gía en el Hospital de Bogotá, bajo la dirección de los doctores Libardo Rivas, Andrés M. Pardo. Samuel Fajardo, Plata Azuero y Pío Rengifo, y al de Obstetricia que dictaban los doctores Buendía y Leoncio Bárrelo.

El primero de octubre de 1869 el Instituto Homeopático de Colombia acepta al doctor Páez como Miembro Honorario en vista de los que sobre Homeopatía había adquirido y de la gratitud e interés que mostraba por esta nueva ciencia.

El doctor Manuel Murillo Toro en uno de sus períodos como Presi­dente de los Estados Unidos de Colombia, nombró al doctor Páez Mé­dico Oficial dela Comisión Exploradoradel Carare.

En 1870 estableció su botica en la plaza: de mercado y con una base científica más que suficiente, en su establecimiento examinaba deteni­damente a sus enfermos. Les diagnosticaba, les daba las drogas y les atendía con verdadero apostolado. Era especialista en el tratamiento del tifo- Vendía los famosos preservativos contra el sarampión y la viruela e hizo famoso su anticotal Páez, y un específico contra las fiebres per­niciosas, caso curioso, las que le habían abierto a él el camino hacia la nueva Terapéutica.

Sostuvo una brillante polémica con el doctor Juan de Dios Tavera Ba­rriga, defensor de la obra del doctor Ricardo de la Parra, El Saarah de Moisés o Elefantiasis de los Griegos, publicada en el Diario de Cundinamarca, y con serias razones científicas terminó de convertir al doctor de la Parra en un verdadero adepto de Hahnemann, pues ya desde 1867 el doctor Ignacio Pereira le había demostrado al doctor De la Parra que SOLO LO QUE TIENE VIDA SE REPRODUCE EN LO CREADO Y QUE LOS FUNDAMENTOS DE LA HOMEOPATÍA son incontrovertibles.

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El Instituto Homeopático de Colombia le dio el título de profesor y lo nombró en representación del Cuerpo de Homeópatas de Colombia antela Convención de Homeópatas reunida en Filadelfia en 1873 en donde desarrolló una brillante labor. De regreso, con pleno conocimiento del idioma inglés, tradujo al castellano un extracto de la obra del doc­tor E. Harris Ruddock.

En 1889 fue nombrado vicepresidente de nuestro Instituto y resur­gió la revista La Homeopatía, suspendida por la muerte de su funda­dor, el doctor Salvador María Alvarez Bermúdez.

En 1892 en representación del Instituto Homeopático de Colombia, presentó ante el Congreso Universal de Chicago un trabajo en el que corroboraba las doctrinas del doctor Ignacio Pereira sobre Enfermeda­des Infecciosas Microbianas, el que llamó poderosamente la atención.

En 1894, en la sesión del 10 de abril, el doctor Páez presentó un caso clínico de Fiebre remitente biliosa, caso desahuciado por algunos mé­dicos alópatas y el que logró combatir él mediante un tratamiento ho­meopático que dominó no solo la fiebre sino los cólicos hepáticos y la debilidad de la vista en el paciente.

En el mismo año publicó una hoja volante en defensa de la Homeo­patía, con el título de El Congreso Médico del Centenario de Colón y la Homeopatía» de la cual tomamos los siguientes apartes alusivos al Pro­yecto de Ley que cursaba enla Cámara de Representantes, referente a la reglamentación dela Medicina:

imagen2“Fácil nos será demostrar que si a la injusticia que envolviera tal dispo­sición alcanza los honores de ser Ley Nacional, se agregará la imposi­bilidad de su cumplimiento, y lo que es más aun, el resultado contra­producente que tendría tan especial ley. aparte de lo lamentable que sería que los legisladores de 1894 vinieran sin saberlo, a servir a un gru­po de miembros del profesorado alopático colombiano, que temerosos en el terreno de la práctica, o de no derivar ingentes ganancias de la introducción de drogas y emplastos, buscan la ocasión de que la polí­tica «e encargue de perseguir y anonadar a quienes, guiados por la ca­ridad o por un principio Científico Infalible, siguen las huellas del ve­nerable fundador de la doctrina de los infinitesimales.

Hemos dicho que el proyecto envuelve una injusticia, puesto que siendo disposición legislativa imperática, y encarnando, como se quiere la idea de retroactividad, privaría de un derecho perfecto ya adquirido a todos los profesores que hace más de veinte años ejercen su profe­sión sin la patentación oficial; además de pretender que los represen­tantes de un pueblo libre LEGISLEN CONTRA LA CARIDAD CRISTIA­NA, corro si se pudiera dar cumplimiento a Ley alguna humana o divi­na que prohíba dar una limosna de salud a sus semejantes!

Sería írrita la disposición legislativa, una vez que las familias que tie­nen confianza en el tratamiento homeopático no ocuparían a otro facul­tativo que al que ya conocieran, sometiéndose en determinados casos aun a la sanción que la Ley estableciera, como sucedió con los enfer­mos de la señora viuda de Hahnemann, que cubrían las multas que les imponían y continuaban recibiendo de aquella venerable discípula, el tra­tamiento de su maestro.

Y no sucedería solo esto, sino también que cada allegado de la fami­lia, padre*”., hermano, o hijo, se consagraría al estudio de la divina cien­cia hahnemanniana, resultando entonces que la persecución daría por consecuencia el más decidido advenimiento de ella en toda comarca en donde la homeopatía tiene admiradores.

El Instituto Homeopático de Colombia, viene, desde el año de 1865, (mucho antes de la organización dela Universidad Nacional, en la cual está incorporadala Escuelade Medicina) expidiendo diplomas de ido­neidad de acuerdo con su reglamento, a individuos competentes en la ciencia de los infinitesimales, y éstos tienen derechos adquiridos que solo una Ley inconstitucional pudiera arrebatarles; dichos diplomas tie­nen el mérito de ser suscritos por hombres que encanecieron en el es­tudio comparativo de las doctrinas rivales, para buscar el método que curara más pronto y con menos sacrificios para el paciente, y consa­grarse a él ejerciendo el meritorio sacerdocio de la Medicina.

Los adversarios de la Doctrina de Hahnemann, después de atacarla, ya censurando lo que creen ridículo e ineficaz por las dosis de la me­dicación, ya lamentando el tiempo perdido, se sienten impotentes a con­tener el creciente desarrollo de tal Doctrina, no pudiendo oponer razo­nes filosóficas.

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No obstante, ya que se nos ha negado tan tenazmente el acceso del tratamiento homeopático en los hospitales que paga la Nación, y se nos ha impedido que el conocimiento de la Doctrina vaya a las aulas uni­versitarias, no se pretende con esto destruir derechos adquiridos por le­yes que han favorecido la libertad de industria?

Reglaméntese la profesión de Medicina, enhorabuena, pero no se ex­cluya y se persiga a un gremio determinado que tantos méritos y éxi­tos ha conquistado en el país. A esto piden justicia con sus dictados de equidad, la sociedad con sus derechos invulnerables y los colombianos que repelen con razón las pretensiones de una corporación que no ve ciencia fuera de ella, ni sabios sino entre sus miembros!

Terminamos por ahora las presentes líneas con Granier:

“O la Homeopatía es una ilusión o es una verdad; sometedla a la ex­periencia bien dirigida: Si es una ilusión, desenmascaradla y extermi­nadla! Si es una verdad, es preciso aceptarla y propagarla, porque, tra­tándose del arte salvador de la vida, dejar de ESTUDIARLA ES UN CRI­MEN!”

El 12 de Octubre de 1905, aniversario del descubrimiento de América, hallándose reunidos en el Consultorio Homeopático del doctor Juan Ma­ría García y Padilla, situado en la calle 16 número 3-16, los doctores Luis G. Páez, Egidio A. Esguerra, José Gómez y Juan María Padilla se fundó la Sociedad Hahnemanniana, integrada por los siguientes digna­tarios: Presidente, doctor Luis C. Páez; vicepresidente, doctor Egidio A. Esguerra; tesorero, José Gómez y secretario general doctor Juan María García y Padilla- Al poeta Rafael Pombo se le nombró Presidente Ho­norario.

Como socios fundadores se consideraron también a los doctores Fran­cisco Valiente Tinoco. Cristóbal Pérez, José A. Gómez D., Liborio Landínez, Ricardo Vargas Parra y al eminente sabio Casimiro Leal Larrota, quien siguió paso a paso la ruta trazada por el doctor Peregrino Sanmiguel en la primera Sociedad Hehnemanniana fundada en 1868, en los programas de investigación pura acerca de las propiedades de las plan­tas de nuestra Flora. El doctor Leal L. dejó inédito un valioso Diccio­nario Médico y muchas Patogenesias de plantas colombianas.

La nueva Sociedad Hahnemanniana adquirió su personería jurídica por Resolución del Poder Ejecutivo del 24 de noviembre de 1905. Tuvo como órgano de difusión la revista que ella fundara, El Amigo del Ho­gar, publicación mensual, cuyo primer número vio la luz pública el pri­mero de enero de 1906 y fue suspendida en julio del mismo año.

El 10 de abril de 1907 el doctor Páez, presidente de la Sociedad Hah­nemanniana, dispuso que la revista LA HOMEOPATÍA del Instituto Ho­meopático de Colombia, fuera el único vocero de la Corporación puesto que sus ideales eran los mismos: estudiar y propagar la redentora doc­trina Hahnemanniana y encargó de su dirección al doctor Ricardo Var­gas Pardo, quien en varias de sus publicaciones estampó como lema la siguiente oración del egregio presidente doctor Rafael Núñez: “Cada día comprendo mejor y venero más a Hehnemann que descubrió el derro­tero de la verdad Médica como Colón el Nuevo Mundo. LA HOMEOPA­TÍA HACE VISIBLE LO INVISIBLE.

La Sociedad Hahnemanniana se proponía abrir dispensarios gratuitos en los diferentes barrios de la ciudad y sostuvo a expensas de sus so­cios, durante algunos años, los siguientes: el de la Plaza de las Cruces, número 59; el de la calle 16 número 163, abajo de la Iglesia de la Ter­cera, antigua Calle del Arco, y el de la calle 10 número 184, Camellón de la Concepción. Desafortunadamente hoy nada queda de tan bella obra.

El doctor Luis G. Páez fue un gran homeópata, un ciudadano ejem­plar y un filántropo que luego de darse a sí mismo con sus semejantes, legó su cuantiosa fortuna para la supervivencia de la Homeopatía y el amparo y protección de las clases desvalidas de Colombia. Paz a su tum­ba, abierta a fines del año de 1918.

PRF. CLEMENTINA P. DE RODRÍGUEZ SECRETARIA DEL INSTITUTO HOMEOPÁTICO DE COLOMBIA